El Sol y la Luna en Oaxaca

Hace más de seis meses tuve la bendición de conocer el mar de Oaxaca, en la playa de San Agustinillo, en el México de mi corazón. Mi alma aliada, la persona que inspiró el camino de mi nueva vida, fue mi compañera y guía de este territorio sagrado, de donde vienen parte de sus raíces. Aunque fue un viaje corto, la naturaleza tenía para cada una mensajes y grandes regalos. Como dice mi aliada: “Hay que aprender a leer la vida.” Hoy quiero compartir parte de lo que fueron esos mensajes para mí.

Me sorprendió darme cuenta que habíamos viajado en luna llena sin planearlo. Lo supe cuando la vi aparecer sobre el océano en oposición a la puesta de sol que acabábamos de contemplar desde el mirador de Punta Cometa el día que llegamos. Unos minutos antes el sol parecía escondido trás las nubes en el horizonte, pero al final nos dio el espectáculo de verlo abrirse camino sin esfuerzo en el poniente, pleno y rosadito, hasta desaparecer en el mar. Era la segunda vez que la vida nos daba la sorpresa de compartir un atardecer místico en luna llena, en una playa. 

Presenciar ese encuentro de las energías opuestas del sol y la luna en el cielo, en aquella montaña que seguramente los guardianes ancestrales de ese territorio protegían con reverencia, fue para mí lo más inolvidable de ese atardecer. Me sentí invitada de honor de la verdadera realeza, la del reino sagrado y majestuoso de nuestra Gran Madre, Pachamama. Pero en mi interior había una mezcla de amor y dolor, sentía muy profundo el milagro de ese instante, pero unido a emociones de enojo, miedo e incertidumbre que venía cargando de situaciones que aún no terminaba de procesar. Sentía mucho y expresé poco, como me pasa casi siempre cuando me encuentro inmersa en la naturaleza y en presencia de lo que se mueve en mi interior y es significativo para mí. 

Ese encuentro sagrado de energías fue un recordatorio de que la naturaleza es armónica porque es cíclica y dual, está en continuo movimiento y transformación entre el día y la noche, la vida y la muerte. Todo tiende al equilibrio para mantener el orden, como la energía masculina del sol (la acción y la fuerza) y la energía femenina de la luna (la intuición y emoción), representan el equilibrio cósmico y la unión de los opuestos.  

No por casualidad nuestro hospedaje estaba en dirección a la luna. Como lámpara nocturna nos iluminó el camino por toda la larga calle principal, oscura y solitaria. En silencio, al llegar a nuestra cabaña, me quedé afuera frente al mar un rato. Reflexioné acerca del privilegio de estar ahí en la playa, agradecí la belleza del instante, y me permití llorar el dolor de no poder disfrutarlo como deseaba. Quería sentirme radiante como la luna, libre y suave como la brisa cálida que me dio la caricia que necesitaba en ese momento; eran inevitables mis ganas de vivir, de amar y ser amada con la fuerza, el impulso y la pasión salvaje de esas mareas agitadas, pero sentía mi fuego interior debilitado y mi corazón herido.

Me desperté temprano a la mañana siguiente con la intención de ver el amanecer desde nuestro hospedaje, pero lo que vi fue la luna a la altura de la montaña Punta Cometa; esta vez era ella poniéndose, rosada y plena, para dar la bienvenida al sol de un nuevo día. En ese momento sentí otro gran regalo de la naturaleza: un misterio muy místico me estaba entregando la luna, pero no lo entendería hasta pasado el tiempo.  

Quise que fuera acerca de esta experiencia mi primer texto en este nuevo espacio. Sentí publicarlo hoy que es día de eclipse solar para honrar la dualidad del sol y la luna, y la magia y misticismo de su presencia que me llevó a reflexionar más profundamente sobre mi realidad interna, hasta descubrir mi necesidad de equilibrio entre mis energías masculina y femenina. Me doy cuenta que conocerlas e integrarlas como el balance entre la mujer sensible que soy y mi fuego interior que me da fuerza e impulso, me lleva a ser un ser humano más completo, más conectado al Espíritu.

En la búsqueda de equilibrio entre mis energías estoy aprendiendo a fluir a través de la impermanencia de la vida, un día a la vez. Comprendí que es una relación sagrada conmigo misma, la más íntima y primordial, y de la cual dependen todas mis demás relaciones. 

En mi ignorancia de esa verdad, me había construido una vida con gran esfuerzo, sacrificio y dedicación impulsada por mi energía masculina decidida y capaz. Aunque fue siempre con gran amor, corazón y devoción, no me había dado cuenta lo mucho que había descuidado mi energía femenina. Cuando empecé a mirarme realmente hacia dentro, todo lo que era aparentemente mi estructura interna, se derrumbó; todo lo que no me permití ver ni sentir por años empezó a aparecer hasta que me desbordó en caudales de emociones con tendencia depresiva. 

Entendí que realmente nunca cuidé de mí, que me había abandonado a mi misma, que di mucho, y muchas veces demás, inconscientemente llenando mis vacíos, buscando reconocimiento de mi pareja, amor, protección, seguridad; en eso atraje y permití mucho maltrato y abuso.

Fue en ese viaje a la playa donde la luna me hizo el llamado a recuperar mi energía femenina y aprender a conocerme realmente en mi naturaleza y mi valor; el sol me dio la promesa de que volvería a sentirme fuerte pero en equilibrio y armonía, sin perderme, sin lastimar y sin permitir el maltrato hacia mí. Hoy tengo presente que en todo lo que existe, así como en la naturaleza, habitan ambas energías, y es nuestra responsabilidad aprender a cuidar y proteger al sagrado femenino. 

En nuestra ignorancia, todos de muchas formas hemos maltratado y abusado al femenino en nosotros mismos, en nuestras madres, en nuestros hijos, en nuestras parejas, en todas nuestras relaciones, en la Madre Tierra, y en la vida, respondiendo a una fuerza de impulso y acción desbordada que al no sentir, no contempla sino que exige. Una fuerza que se ha alejado de su propia naturaleza y ha perdido la curiosidad, la suavidad, la devoción, la presencia, la magia y la conexión con la intuición.

Para mí, Oaxaca es una tierra sagrada, un portal ancestral de la Madre Tierra a un conocimiento más amplio y profundo de nosotros mismos, si se aprecia su belleza, su magia y energía con el corazón abierto y en presencia.

Los mensajes abundan en la naturaleza, de todo lo que aún debemos aprender para ser dignos hijos de lo Divino. Cuanto más veamos y abracemos esos mensajes, más crecerán las posibilidades de aprender a vivir una vida más real, más sagrada, en mayor conexión con quien realmente somos y el propósito de nuestra existencia.

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